Rodrigo Garnica
La pandemia actual es producida por un virus mutante del grupo de los coronavirus. Los virus son casi tan viejos como la vida en el planeta. El causante de esta nueva pandemia es de aparición actual. Es una mutación de otro anterior. Es nuevo al menos para la patología humana. Los virus existen desde hace millones de años, antes de la aparición de los homínidos, entre ellos el homo erectus, nuestro visible abuelo. Es la especie humana la que ha venido a parasitar un lugar previamente ocupado por un sinfín de seres vivos, suponiendo que los virus sean seres vivos.
Esta infección masiva de nuestra especie por el SAR-COV 2 representa una enorme amenaza para la cultura precisamente por eso, por ser cultura. Desde el punto de vista estrictamente biológico resulta un hecho común e intrascendente. Cumple cabalmente con las leyes darwinianas de la selección natural. Se trata de una “poda” biológica que se encarga de eliminar a los individuos no indispensables de la especie: los demasiado pequeños y los demasiado viejos, es decir, aquellos que difícilmente se pueden reproducir, permitiendo la supervivencia de los más aptos, los jóvenes en edad reproductiva. (Una excepción netamente “cultural” se da en aquellos jóvenes que portan una patología previa: obesidad, diabetes, hipertensión). En los números, el resultado es irrelevante: si aceptamos una población humana a nivel mundial de 7 mil 500 millones de seres humanos, habrán de contagiarse unos 4 millones y medio en total; ello representa el despreciable porcentaje de 0.06 % enfermos por esta causa. Y si consideramos que tal vez lleguen a morir unas 250 a 300 mil personas habrá desaparecido la ridícula suma de 0.003 a 0.004 % de seres humanos a causa del coronavirus. Para la especie, estas cifras no significan nada. A la biología y al darwinismo les tiene sin cuidado el dato porque la supervivencia de la especie está garantizada.
Pero la humana es una especie que, además de biología posee cultura. La única con esa característica. Y la cultura permite el surgimiento de los individuos. Es en esa reflexión que la pandemia cobra su verdadera importancia; no queremos ser de los muertos, ni que lo sean nuestros seres queridos y de ser posible nadie.
Al usar la expresión cultura nos estamos refiriendo a la historia humana y a la historia del conocimiento, únicas defensas ante la ciega brutalidad de la naturaleza: huracanes, erupciones, temblores, epidemias. En la literatura científica anglosajona, este tema se define con una expresión: Nature vs Nurture. Naturaleza contra “nutrición”, en el sentido más amplio de la palabra.
Nos lo han dicho los expertos, la pandemia es autónoma, no hay manera alguna de evitarla. Sólo con nuestro conocimiento cultural, que quiere decir científico, extraído del estudio y las experiencias previas es posible evitar su excesiva propagación y favorecer su extinción, al menos temporal: la sana distancia para que no nos alcancen las gotas de saliva del contagiado, la permanencia en casa, la higiene elemental incluyendo el lavado de manos frecuente. Medidas sencillas que hemos heredado de los últimos siglos de cultura. Cumpliendo con ellas salvaremos el pellejo muchos.
¿Son necesarias las pruebas diagnósticas? La medicina es trabajo clínico, en eso consiste su arte y su sabiduría. Las pruebas no sobran, pero tampoco son indispensables más que con fines de investigación o de confirmación diagnóstica. Es excepcional que un examen de laboratorio o gabinete se adelante al buen diagnóstico médico, es decir, clínico. Una prueba de PCR (la única realmente diagnóstica) sólo es confirmatoria para el caso en particular. Antes de eso está la necesidad del tratamiento, aunque no se haya confirmado la causa. Pensemos en cualquier epidemia: salmonelosis, por ejemplo, una infección trasmitida por vía digestiva. La diarrea, la deshidratación, el peligro del desequilibrio hidroelectrolítico en niños y ancianos, el aumento exponencial de las consultas en el centro de salud por esa causa no se detendrá si se hacen pruebas febriles (confirmatorias de diagnóstica) a todos los pacientes. Lo único que detendrá el contagio será descubrir el origen del mismo y llevar a cabo las medidas sanitarias correspondientes. La epidemia o los contagios aislados se dieron porque algunos alimentos se contaminaron con heces fecales que contenían la bacteria. Exigir más y más pruebas diagnósticas como remedio a la epidemia-pandemia es una petición basada en la ignorancia o en la mala fe. Y la han hecho algunos médicos-políticos en la pandemia actual. Otros, nada más políticos, caen en uno de los dos grupos mencionados: ignorantes o mal intencionados.
¿Hay más contagiados de los que se reportan? Claro que sí, es una perogrullada: sólo se reportan los que se reportan. El dato es importante para la investigación, para la situación actual sólo es relevante saber si el aumento de contagiados aumenta exponencialmente o lo hace de manera moderada. Sospechar que algo raro se oculta al no tener las cifras exactas representa un proceso de paranoia colectiva o deseos de sembrar el terror para descalificar una estrategia científica. Además, se ha dicho: una vez que se alcanzan varios miles de contagiados es sin importancia el número absoluto de casos y sólo tiene significado el porcentaje de los nuevos contagiados que se descubre.
¿Nos protege del contagio el uso de cubre bocas? Si estás contagiado sí, para no contagiar a otros, si no estás contagiado no te protege y menos si lo usas como corbata de moño o como una forma extravagante de sombrero.
Una pandemia es una desgracia humana, sólo humana. Puede convertirse en una tragedia debido a la ignorancia y a la tontería; es decir, a la falta de cultura.|
