Un fantasma llamado Covid-19

Isela Segovia Magaña

La pandemia del Coronavirus SARS-CoV-2 ha puesto de cabeza al mundo en los últimos seis meses. Exportado al resto del planeta desde China, este virus altamente contagioso es prevenible con sencillas medidas de higiene y tiene una baja tasa de letalidad; la enfermedad que produce se denomina Covid-19 y ataca fundamentalmente al sistema respiratorio. Los portadores pueden permanecer asintomáticos o bien pueden presentar síntomas leves semejantes a una gripe, pero puede derivar en una neumonía y llevar a la muerte en unos días o incluso horas. Hasta el momento no existe ni cura ni vacuna.

Sin duda, lo más significativo de esta pandemia es una de las medidas prescritas por la OMS e impuestas por los gobiernos de todos los países donde se han presentado casos, que hasta el momento suman casi seis millones a nivel mundial: el aislamiento social, el confinamiento preventivo y obligatorio, como la medida más eficaz para evitar el contagio y contagiar a otros. Quedarse en casa, no circular en el espacio público a menos que sea estrictamente necesario, evitar la cercanía y el contacto con otros que parecieran haberse convertido en potenciales armas biológicas. Este nuevo coronavirus es un real que puede habitar el cuerpo y conducirlo a su aniquilación, un ente invisible que está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, que se transmite de un sujeto a otro y amenaza en lo real y en lo imaginario.

La medicina, el saber médico como un gran Otro, ha tomado el control sobre los cuerpos y su movilidad; en combinación con sofisticados instrumentos de vigilancia y control, se ha erigido en un gran panóptico digital que utiliza drones y medios de geolocalización para evitar que los sujetos desacaten las medidas de confinamiento. Estrategias de dominación que han sido más severas en Oriente que en Occidente, según señala el filósofo Byung-Chul Han, lo cual posiblemente haya logrado una mayor contención de la epidemia.

Durante estos meses, las redes sociales, como los medios que han llegado para quedarse y mediar nuestros intercambios con los otros y con la difusión de grandes cantidades de información, nos han acompañado a transitar por esta situación de encierro que puede compartirse con aquellos que tienen acceso y han podido quedarse en casa. Desde el hogar es posible trabajar, estudiar, entretenerse, intercambiar contenidos, no sentirse tan solo; hablar de la angustia, el temor y la desesperación; ser un espejo y espejearse en esos otros que están del otro lado de la pantalla. Hemos experimentado esta pandemia en “tiempo real” también a través de la voz y la mirada de los otros.

En unos cuantos meses se habla ya de un nuevo orden mundial, de “la caída” del sistema neoliberal que como nunca antes ha quedado en evidencia, mostrando las profundas desigualdades que ha promovido; de la debilidad de los sistemas sanitarios de las economías más poderosas del mundo que a partir de las propuestas neoliberales los fueron minando. Hasta el momento, hay millones de desempleados y nuevos pobres, muchos más que las cifras de contagios y muertes por el coronavirus. La pandemia terminará algún día, no sabemos cuándo, pero quedará como secuela el quebranto en la economía de muchas naciones y conflictos sociales y políticos. Por lo pronto, ha servido a los opositores para golpear a los gobiernos en turno y prácticamente ninguno de los mandatarios saldrá bien librado políticamente de los efectos de la pandemia.

Morir de Covid-19 ha de ser una experiencia triste y aterradora: puedes padecer los síntomas que en cuestión de horas pueden agravarse y morir en casa sin poder respirar, o morir lleno de tubos y conectado a un respirador que te mantendrá con vida hasta que el resto del organismo colapse a consecuencia del daño pulmonar. En el segundo caso, se trata de una muerte en soledad, asistida por personal médico y lejos de quienes son cercanos, pues una vez que un sujeto enfermo ingresa al hospital queda completamente aislado y no se le vuelve a ver con vida en muchas ocasiones. Para impedir contagios, se evitan los ritos funerarios y en la mayoría de los casos el cuerpo es incinerado. ¿Qué pasa entonces si no es posible procesar la pérdida a través del rito de despedida? ¿Cuántos duelos quedarán ahí como suspendidos?

Esta pandemia ha venido a sacudirnos en muchos sentidos. Si bien la ciencia médica ha comandado el manejo de la pandemia, no tiene todas las respuestas y ya lo sabíamos. Nos ha confrontado con nuestra fragilidad y vulnerabilidad corporal y el inevitable impacto psíquico del aislamiento social y la restricción de transitar en el espacio público en la vida cotidiana. Si bien hemos de regresar a eso que han llamado “nueva normalidad”, la pregunta no sólo es cuándo sino cómo y cuál, pues “normalidad” no sólo es salir de casa, sino hacinamiento, conflicto social, violencia y la amenaza de la convivencia social forzada de la cual la comunicación a distancia nos preservaba de alguna forma. Aunque la violencia al interior de los hogares se ha exacerbado, ciertamente.

Tendremos que salir de la burbuja, aprender a convivir con este nuevo coronavirus como lo hemos hecho a lo largo de la historia con otros virus y otras enfermedades, seguirá circulando en tanto no se produzca la vacuna para eliminar la posibilidad de contraerlo, lo que al parecer ocurrirá en algunos meses, pero también implica una aplicación masiva.

Quedarse en casa ha sido un privilegio del que han quedado fuera quienes trabajan en la calle o forman parte de la economía informal, los que no han podido conservar el empleo o estudiar a distancia. Punto y aparte ese porcentaje de la población que no cree en la existencia del virus y vive en la negación, o aquellos que desde una posición de omnipotencia aseguran no les pasará nada y otros más que desde una posición narcisista no están dispuestos a renunciar a las actividades que habitualmente realizan, como si no estuvieran atravesados por una legalidad que al resto de los sujetos les constriñe a acatar las medidas de confinamiento.

La existencia humana es impredecible. No sólo ahora nos vemos confrontados con la incertidumbre, con ese no saber qué va a pasar. No hay certezas ni garantías y tenemos que lidiar con ello. La vida seguirá adelante con miedo y precaución mediante, con las limitaciones que la “nueva normalidad” habrá de imponernos.

Como una nueva peste, el SARS-CoV-2 es el nuevo fantasma que recorre el mundo. Tal vez el capitalismo no esté herido de muerte como ha asegurado el filósofo Slavoj Žižek ni dará paso a una comunidad más solidaria, igualitaria y preocupada por el planeta y la ecología. Saldremos como de una historia de ciencia ficción donde la realidad supera a la fantasía, como suele ocurrir. “Cuando todo esto pase” tal vez no seremos mejores, quizá sí distintos. Con el tiempo estaremos en posibilidades de apreciar las cosas que de momento estamos viviendo y de las que no podemos tomar distancia para poder verlas en la dimensión que les corresponde. El discurso psicoanalítico es necesario en este debate.

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