Alternativas a la psiquiatría: un recuerdo imborrable de la Cuernavaca de otros tiempos. 

Cuernavaca es una ciudad conocida por su aura primaveral. Sus filigranas coloridas y su hermosa vegetación inundan sus calles y su historia. Es luz de floración todo el año. Pero no es solo eso. También alberga, acontecimientos que nada tienen que ver con la naturaleza vegetal. También atañe a la evidencia de la noche. A la historia.

En esta bella y lastimada ciudad, se llevaron a cabo encuentros fundamentales para pensar la locura. No en su aspecto romántico ni terapéutico sino en sus incidencias con el encierro, la segregación y la violencia política de los sistemas sociales que la acorralan. 

En los días 15, 16 y 17 de septiembre de 1978, Sylvia Marcos organizó, junto con otres colegas de distintos países de América Latina y Europa, el Cuarto Encuentro Internacional de Alternativas a la psiquiatría. De allí surge un libro llamado: Antipsiquiatría y política.

Algún tiempo después, en octubre de 1982, se realizó bajo la misma apuesta, el V Encuentro y el Primer Encuentro Latinoamericano. Las ponencias, discusiones y decisiones políticas de lo ocurrido en aquellos apasionados días, se vierten en el libro Manicomios y Prisiones.  

Entre el primer encuentro y el segundo hay afinidades pero también diferencias. En aquel septiembre del 78, hay una vinculación política con la llamada antipsiquiatría. Este termino acuñado por Copper, servía de bandera para una crítica frontal, no solo en lo clínico sino fundamentalmente en lo político y sus implicaciones sociales, a las practicas psiquiátricas. En el segundo tiempo, aquel del octubre del 82, el acento se renueva y se radicaliza respecto a la dimensión carcelaria y represiva. Del análisis de la antipsiquiatría a la relación entre los hospitales y clínicas psiquiátricas con las prisiones y el confinamiento violento. 

En este segundo tiempo, es donde se puede ver claramente que no bastaba con el análisis histórico de la locura. Que no podíamos quedarnos ante un abordaje meramente clínico o epistemológico. Lo inédito, lo histórico de los encuentros acontecidos en Cuernavaca, es que van mas allá de Foucault al incluir de manera radical e incisiva la dimensión política del tratamiento de la locura. Además, no se puede reducir la cuestión de las llamadas enfermedades mentales a cierto eurocentrismo.  

En su Introducción al libro de Antipsiquiatría y política, Sylvia Marcos señala: “La enfermedad mental es un concepto creado en Europa e importado a nuestro continente. A partir del siglo XVIII la locura se vuelve una enfermedad comparable a la lepra de la Edad Media, puesto que, como ella, equivale a un veredicto de exclusión. El manicomio será el instrumento. La ruptura del diálogo entre la razón y no-razón, la creencia que la locura separa radicalmente a los locos de la gente “razonable”, justifica el confinamiento y la intervención institucional sobre los internados.”

Hasta aquí aparece, lo que nombrábamos en este corto texto, el primer tiempo. Pero Sylvia continua para apuntalar lo que correspondería al segundo tiempo: “Aparece entonces el lenguaje psiquiátrico y las instituciones de exclusión desempeñan la doble función de proteger a la parte “sana” de la sociedad de sus miembros “enfermos”, sometiendo a estos últimos a “tratamientos” que sirven supuestamente para reintegrarlos a la “normalidad.”

Hoy a muchos años de lo acontecido en aquellos caudalosos años, quiero hacer un fotograma textual del recuerdo, a pensadores y pensadoras que se arriesgaron a ir más allá de una terapéutica de la locura y la llevaron hasta su vinculación con realidades políticas y sociales. Me refiero a Franco Basaglia, David Cooper, Franco Rotelli, Félix Guatari, Franca Basaglia, Marie Langer, Concepción Lozano y, claro, a Sylvia Marcos,

Todas ellas y ellos hablaron en una ciudad llamada de la eterna primavera donde todavía, a pesar de que hoy parezca olvidado, para mí que tuve la suerte de estar ahí, lo que dijeron, sigue sonando fuerte y claro en un cielo color azul agua clara. 

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