«La vergüenza debe cambiar de bando» *

*“La honte doit changer de camp”, Gisèle Pelicot, 2024

La vergüenza, respuesta que implica la mirada del Otro. Ese gran Otro que escuchamos encarnado en designios sociales, que se aloja en las y los sujetos y emerge a través de actos, signos, palabras, como reacciones de aquello que debemos hacer o decir, para premiarnos o castigarnos. Los cuerpos humanos ese vehículo por el que podemos escucharle y escuchar sus efectos significantes.

Los cuerpos hacen resonar voces, ecos de eras pasadas con sonidos del presente.
El género es una expresión de ello, lo que surge en la historia del mundo y la
historia de cómo posicionamos ciertos cuerpos que son atravesados por esos
grandes imperativos de la época. El cuerpo de las mujeres ha sido un lugar de
resistencias, transformaciones, embates del decir de un otro pero que mediante la
voz como presencia ígnea insiste sobre terrenos que repiten que son obscuras e
ininteligibles. Su voz insiste en hacerse lugar-es en el mundo para re-conocer-se y
ser reconocidas como sonora incandescencia.

En 2020, en Mazan, Francia, Gisèle Pelicot de 69 años, recibió una llamada de la
policía. Su entonces esposo, Dominique Pelicot había sido detenido en un centro
comercial grabando por debajo de la falda de varias jóvenes. Después de que
presentaron cargos contra él encontraron en su celular no solo fotos de mujeres sin su consentimiento sino además una carpeta titulada “ABUSO”. Así, en mayúsculas.

Hallaron, y cito “más de veinte mil imágenes entre fotos y videos prolijamente
detallados con fecha, nombre, edad, número de teléfono de actos cometidos desde julio de 2011”(1) violaciones a quien era su esposa, Gisèle Pelicot.

Durante una década Dominique Pelicot, quien al momento de la detención tenía 68 años y 50 de casados con ella, la drogó e invitó a hombres a través de un sitio web a que fueran a su casa para violarla mientras ella estaba inconsciente y él “solo” miraba, como si ese fuera su pago.

Gisèle, tras enterarse de lo que ella nombra como “barbarie” habló con sus hijas e
hijo y decidió ir a juicio, uno público. Pugnó por mostrar los videos de los abusos.
Ella y sus abogados con ese acto buscan eliminar la tesis que algunos acusados
sostienen de haber caído en “una violación accidental”.

Dominique se ha declarado culpable de todos los cargos, y está bajo sospecha de
haber grabado a su hija y sus dos nueras sin que ellas lo supieran.
Gisèle dijo “La vergüenza debe cambiar de bando”. Esa frase trae consigo designios de un discurso que aún perfila como fantasma ante casos de abusos de mujeres.

¿Por qué ella debería sentir vergüenza por los actos de esos otros y su esposo
hicieron contra su voluntad? ¿Los acusados se avergüenzan de lo que cometieron?
En una de las audiencias donde los videos fueron mostrados, una abogada de la
defensa de Dominique se pronunció enojada porque Gisèle se mostró incómoda
durante la proyección de dicho material.

¡Ella pidió que fuera todo público, que se avergüence por sentirse mal por haber
decidido eso! ¡Qué sea una buena víctima!, faltaría que dijera.

Es como si a través de esas palabras ese gran Otro, sistema judicial y patriarcal,
evocara las voces de quienes han asumido que las mujeres son quienes “provocan”
a los hombres y si algo les hacen es porque ellas se lo buscaron, ¿vergüenza por
estar inconsciente y no poder pronunciar no pero jamás sí?

Rita Segato plantea que la violación a los cuerpos de las mujeres no es un acto
patológico sino un enunciado del perpretador a sus pares y de dominación a la
víctima. Un mensaje cifrado en la subjetividad, mensajes que se resguardan de la
sociedad.

Cuando en el consultorio nos cuentan haber pasado por un abuso sexual ¿Qué
escuchamos en esa denuncia? ¿Cómo logramos no asumir una postura? ¿Llevar
nuestro propio análisis es suficiente?

Los conceptos de nuestra teoría van re-pensándose a través de nosotras, nosotros
psicoanalistas al ponemos en marcha la teoría, el dispositivo. Esas voces hacen
resonar la teoría y nuestra práctica.

El caso de Gisèle, su voz está haciendose resonar con fuerza frente el silencio de
los 50 detenidos pero también ante quienes somos espectadores de la búsqueda de transformación de las estructuras que nos implican la subjetividad diaria.

En las grabaciones podrá verse un cuerpo inerte, pero en el estrado es una mujer
que sobrevivió. Es voz y exigió ser escuchada, sin esconder el rostro como la
sociedad le hubiera demandado acatar antes. Su voz parece un recordatorio para
preguntarnos en dónde ponemos nuestra atención.

Los violadores no son monstruos ni enfermos mentales, como comúnmente se dice. No son seres salidos de la imaginación sino “hijos sanos” del patriarcado.

Denunciar requiere espacios seguros, que se construyen pero sobre todo se exigen.

Escuchar a quien es víctima de abusos también nos convoca a mirar nuestra
práctica. Hacerlo tomando en consideración esa mirada que no es solo desde
nuestras coordenadas teóricas sino también ese gran Otro que es la violencia
patriarcal.

Lo que nombramos u omitimos genera marcas en la vida e historias, tanto en lo
general como en lo particular. La violencia epistémica es otra forma de “castigo
social” y las mujeres lo han experimentado en múltiples y hasta letales formas. Cada caso que levanta la voz se apropia de un nuevo lugar en el mundo, para cambiar imperativos de la época, para no asumir que debe vivir recibiendo abusos, ni avergonzarse por exigir ser escuchada o porque le crean.

“Es muy común que las mujeres piensen que soportar el maltrato y la crueldad y
luego perdonar y olvidar es una muestra de compromiso y amor. Pero cuando
amamos bien, sabemos la única respuesta sana y amorosa al abuso es alejarnos de quien nos hace daño”, bell hooks, escritora, feminista interseccional y activista.
La palabra permite nombrar y renombrar lo que vivimos, reconstruirse en actos
sonoros para marcar un alto, para recordar, para no olvidar, no callar, no morir.

(1) https://www.infobae.com/sociedad/2024/09/26/los-pelicot-antes-y-despues-de-ser-noticia-las-vidas-de
l-monstruo-normal-y-la-mujer-maltrecha-que-no-baja-la-mirada/

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