Santiago Martínez
Nos movemos de escena en escena. Hay momentos en que los sujetos del inconsciente nos vemos colocados ante escenas que sin saber cómo o desde donde, nos hacen reaccionar desde un tiempo lógico que no es el ahora. Algo de nuestra historia se repite y se representa ahí. Cada sujeto habita sus propias escenas, pero cuando esas escenas se tornan angustiantes, es momento de hacer algo con ellas. No se tiene que vivir algo en extremo traumático para dejar una huella mnémica, puede ser el proceso formado vivido con los padres, con los maestros, y el resto del mundo, eso que llaman desarrollo “normal”. Claro ejemplo es cuando el amor materno o paterno, que se consideraba incondicional e imperecedero, se torna en un castigo, en una llamada de atención, o un golpe; cuando aparece la ley que castra. Algo de ese objeto de amor se ha perdido, y se tiene que hacer algo para tratar de recuperarlo.
En el cine se puede apreciar con bastante claridad la relevancia de las escenas para el sujeto. En la película La pianista de Michael Haneke, para la profesora Erika las películas pornográficas son un sustituto imaginario a lo que va a buscar en lo real del cuerpo hasta que aparezca el personaje que la complemente: su alumno Walter. Cuando se da la relación entre ambos, ella le permite entrar a su casa y lo coloca bajo su control. Tiene lo necesario para poner en acto la escena en una caja oculta bajo su cama, con todo lo necesario para cumplir su deseo. También le entrega un contrato por escrito en el que estipula las cosas que Walter puede hacer, o más bien, lo que tiene que hacer. En esa escena no hay espacio para un otro con voluntad que no quiera cumplir con su deseo, y ante el rechazo de Walter, aparece la angustia y la culpa por el objeto perdido, dando paso a un masoquismo que la lleva a permitir más de lo plasmado en el contrato.
Ambos se obsesionan, y en cierto momento se cumple parte de lo que ella pide. Walter irrumpe en la casa de su madre y la somete, dejando que su madre sea testigo auditivo de lo ocurrido, solo que no se cumple acorde a su deseo y termina siendo violada por Walter. Surge la duda si eso no es lo que se busca, que alguien quiebre el contrato buscando un plus de goce.
Otra película que nos muestra la búsqueda del cumplimiento de deseo es La venus de las pieles, de Roman Polanski. También aquí se puede apreciar este viraje entre sadismo y masoquismo, y la importancia de la escena en este proceso. Vanda es una mujer que se muestra indefensa en un primer momento al llega tarde a la audición de una obra de teatro, y parece insinuar que está dispuesta a dar lo necesario para obtener el papel. En un primer momento el parece tratar de tener el control, desde su lugar de director. Los papeles se invierten cuando ella comienza a tener control del discurso que sirve de brújula para la libido, y posteriormente es ella, ya con la ayuda de Thomas, quien acomoda la escenografía para representar una escena de la infancia.
Lo hace confesar una escena en la que se ve sometido por su tía cuando era un infante, quien lo avergüenza frente a otras mujeres con azotes que dejaron huellas mnémicas que ya en la adultez desde lo inconsciente buscan repetirse. Desde el primer momento su objetivo era tener control sobre él, y para ello le muestra los significantes necesarios que lo envuelven y le permiten construir la escena en lo real. Se vuelva una marioneta conducida desde su libido.
En el acto analítico, las escenas fluyen en el discurso del analizante. Freud lo pesca en sus histéricas, en las narrativas que posteriormente llamará fantasías, y que lo llevan a no creer en “sus histéricas”; deja de creer que se trate de casos reales de abuso o seducción por alguno de los padres o tutores. Lo analiza como producto de un deseo inconsciente de ser seducida por el padre o la madre. También los obsesivos gozan en estas escenas. El hombre de las ratas muestra ese placer gozante reprimido cuando narra el método de tortura con ratas que se introducen por el recto, detonando una mueca en su rostro entre placer y asco cuando lo cuenta. Una representación cargada de afecto que se trata de reprimir, pero que emerge desde lo inconsciente.
Freud contrapone el afecto a la representación, y señala que cada uno tiene un destino distinto. La representación, es una percepción anterior, o el contenido concreto de un acto de pensamiento, y es sobre lo cual cae la represión. La representación cosa se encuentra ligada a lo inconsciente, por ello se encuentra en una relación más directa con lo reprimido, y con lo real. La diferencia entre la representación y la huella mnémica es que la huella mnémica es del orden de lo inconsciente, y solo aparece en la consciencia cuando un afecto la libidiniza, mientras que la representación puede ser consciente, preconsciente e inconsciente, y se sustenta en las huellas mnémicas cuando se le es reprimida.
El afecto, o quantum de afecto se puede definir como la expresión cualitativa de la energía pulsional. El afecto es la traducción subjetiva de energía pulsional que le permite a las huellas mnémicas romper la represión y aparecer en lo preconsciente y la consciencia como representación. En los sistemas mnémicos, el recuerdo se vierte en series asociativas de huellas mnémicas, y se puede generar un encadenamiento con otras huellas mnémicas. Son el contenido de la memoria, más que sean resultado de la relación del sujeto con el mundo exterior, no va ligada a una determinada cualidad sensorial; puede ser una imagen, un sonido, o cualquier otro tipo de estímulo, percepción, idea, de lo cual queda un signo.
Para terminar, el analista también se vivencia en escenas cargadas de afecto, de representaciones, huellas mnémicas, y representancias que pueden ser un obstáculo para el acto analítico si no se ha trabajado en su propio análisis, llegando a interferir en la dirección de la cura, haciendo del acto en otra cosa que no es un análisis. El analista puede realizar sus interpretaciones e intervenciones desde su moral y prejuicios, colocándose en el discurso del amo. Aunque también puede ser una herramienta, como en el trabajo con niños, en donde estas escenas pueden ser habitadas y libidinizadas, permitiendo un mejor trabajo transferencial, y que el infante coloque en ese espacio/escenario que es el consultorio sus objetos.
