Una clínica virtual

Isela Segovia

A fines del siglo XIX, Freud creó la clínica psicoanalítica inaugurando a un tiempo un campo inédito de escucha, un espacio y un dispositivo clínico igualmente inéditos. La relectura que hace Lacan de la obra del creador del psicoanálisis y las modificaciones que realiza con respecto al manejo del tiempo de duración de las sesiones, han sido cambios importantes en una práctica que subsiste a más de 100 años de su nacimiento.

Mucho se ha transformado el mundo desde entonces. Aunque cada época marca las subjetividades, los malestares y los modos de goce, los sujetos perecieran no cambiar tan rápidamente como ocurre con lo que la ciencia y la tecnología les impone. Hay algo que, ciertamente, resiste: el inconsciente. Es ahí donde el hombre “civilizado”, provisto con todos sus artilugios, no se distancia del hombre primitivo.

Seguramente Freud no concibió su dispositivo para que este operara a distancia o mediante una pantalla. Sin embargo, hay que recordar lo que se ha llamado el primer “análisis” llevado a cabo, es decir, la relación sostenida con Fliess a lo largo de varios años, que operó como tal y se realizó vía epistolar. Por esta misma vía, Freud sostuvo contacto con varios de sus pacientes y “supervisó” el análisis que el padre del pequeño Hans le reportaba por correspondencia.

El análisis a distancia tiene lugar desde hace tiempo y no sólo como consecuencia de la pandemia. Si la tecnología proporciona los medios, ¿es ineludible incorporarlos a la clínica? Los gadgets la han impactado y tienen una presencia en esta; los analizantes los portan y hacen uso de ellos para contactarse con su analista. Algunos analistas hacen uso de la tecnología, otros no. Ese no sería el punto a discutir. Importante sería cuestionarnos acerca de la viabilidad y sostenibilidad del dispositivo analítico y sus peculiaridades con estas modalidades.

¿Es posible sostener el acto analítico? La posición de escucha, la interpretación y la presencia del cuerpo del analista vía el objeto voz lo hacen posible. La forma en que el psicoanálisis conceptualiza al cuerpo no es igual que para otros saberes; no cuenta tanto como entidad material (real) sino como una presencia en lo imaginario y lo simbólico. Una vez que el analizante accede al diván, el encuentro cara a cara con el analista cede el paso a la voz únicamente. Lo que enlaza a los cuerpos es el discurso, es lo inconsciente. El soporte computarizado de la palabra permite que los equívocos del inconsciente, y la interpretación del analista, circulen. Si la transferencia está bien instituida, el dispositivo se sostiene.

Atravesamos por un proceso de virtualización aumentada de los lazos sociales que disgregan el cuerpo, el nombre, la imagen, la presencia y el semejante, donde de pronto los sujetos privilegian el uso del texto escrito a la voz de una llamada telefónica. Pareciera entonces más común, sobre todo para los más jóvenes, el uso de dispositivos electrónicos para acceder a un tratamiento analítico. Sin embargo, no es para todos. Habrá que ir siempre, como dice el cliché, a las particularidades de cada caso.

Hay limitantes, no obstante, que el análisis a distancia plantea. No todos los analizantes cuentan con privacidad; a veces las conexiones fallan; el ruido y las interrupciones complican la escucha. La falta de privacidad precipita la suspensión del tratamiento o la cancelación de una sesión. El espacio del consultorio forma parte de una experiencia afectiva y libidinizada para algunos analizantes; el transportarse hacia él forma parte de esa experiencia; el saludo de mano, la mirada sin la mediación de la pantalla.

Lo que creo no podemos hacer como analistas es cancelar el espacio de escucha; antes bien, hay que encarar las vicisitudes de la práctica a distancia. Es preciso mantener el lazo transferencial con las herramientas que tenemos a la mano. La pandemia ha generado mucha angustia. Lo innombrable de la muerte se ha impuesto y no podemos eludirlo.

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