Andrés Manuel Jiménez
Toda clasificación es una negación
Desde tiempos inmemoriales lo diferente ha causado profunda inquietud y desazón a los que estadísticamente se hallan catalogados como normales, razón por la que, casi siempre se ha optado por separarlo aduciendo mil pretextos que se aceptan como valederos porque, finalmente, existe una complicidad entre todos los que avalan este apartamiento, se vela lo evidente y se cubre púdicamente aquello que a la sociedad causa malestar, todo lo que la muestra como deficitaria va a ser execrado y puesto en tela de juicio, muchas veces vituperado y, las más también, cuando es posible, recluido o expulsado del seno de esta sociedad, pues hay algo del orden del horror que es inaceptable para ella.
Desde el momento de su nacimiento el discapacitado se enfrentará a su terrible realidad, los padres no perciben en él eso que esperaban con ansia ya que por su capacidad disminuida no le es posible mantener un desarrollo igual al de otros niños y más tarde, al iniciar su escolarización no podrá trabajar en las mismas condiciones que sus compañeros de clase, siempre se encontrará en desventaja, es un niño que, aunque la educadora no pueda definir exactamente que sucede con su aprendizaje, percibe que no es como los demás y por ello lo empieza a apartar, desde ya se le puede colgar en el cuello el letrerito que cargará toda la vida y lo marcará como diferente a los demás, los filántropos, la liga de las buenas costumbres y los humanistas declaran que lo que resulta menos degradante es tatuarle en el cuerpo la nominación de DISCAPACITADO, de su subjetividad no hay que ocuparse, al fin que él ni entiende de que se trata eso, se cree que reformulando la nominación ahora todo es diferente para él, sin embargo es un prisionero de por vida de ese abominable nombramiento que le han otorgado.
Ante esto el psicoanálisis nos lleva a repensar al sujeto, a ser conscientes de su opresión, esté en el lugar que esté de la formación social en que muere su vida, es urgente otorgar a ese niño encuadrado en la discapacidad un nuevo estatuto, un lugar de sujeto que busca su liberación, que no sea más el objeto de la educación especial, objeto en tanto cosa material inanimada o fin al que se dirige una acción, sino más bien un actor y constructor de su propio destino.
Y desde aquí se podría hacer una propuesta a la Educación Especial, no hablar más desde el humanismo pragmático de la terminología, sino más bien del reconocimiento del niño como un sujeto, alguien que al igual que el docente tiene una subjetividad en la que se mueven las pasiones, las emociones, los sentimientos, las frustraciones, alegrías y tristezas que pueblan al ser humano.
Tal vez se tendría que exigir que no hayan más niños con requerimientos de educación especial con y sin discapacidad, o necesidades educativas especiales, o como se les quiera llamar, pues estas denominaciones llevan en sí mismas un diagnóstico que encajona a estos pequeños en sus limitaciones y refuerza la segregación social, se debe pretender en todo caso que se le reconozca su subjetividad como a todos los otros niños, pudiendo de esta manera, estar en y con el mundo, un mundo que hasta ahora les ha negado esa calidad de sujeto.
