Una nota sobre la muerte de Alejandra Pizarnik

Isela Segovia

La editora y comentaristas de la obra de la escritora argentina Alejandra Pizarnik separan tajantemente su suicidio de su producción. Su escritura no tendría mayor o menor valor, literariamente hablando, a partir de este hecho, pero si lo miramos en retrospectiva (nachträglich, según el término freudiano), la resignifica. El tema de la muerte, del deseo de muerte, del pensamiento suicida, aparece reiteradamente en diferentes momentos, particularmente en las páginas de sus diarios, tanto explícita como figuradamente.

Desde sus primeros años, Pizarnik se muestra como alguien con dificultad para “ajustarse”: al entorno, a los otros, a su apariencia. Diferentes manifestaciones que podrían considerarse sintomáticas, hablan de intentos de lidiar con la angustia, de encontrar un lugar, de buscar situarse. De ahí al uso de medicamentos como anfetaminas y después somníferos, con los cuales paliar esa angustia. Se sumaron en sus años de juventud la dificultad para dormir y su rechazo a la comida. En sus diarios se lee un discurso que refiere continuamente al autorreproche, a la desesperación, al hartazgo, al sinsentido, donde la insatisfacción parece opacar cualquier cosa. Un discurso que remite a un tono melancólico: un agujero que parece tragarlo todo.

La muerte está presente también en su poesía y en sus escritos en prosa, de manera explícita o velada. Hablaba repetidamente de su deseo de muerte. No había un temor a la muerte, más bien una angustia de vivir; la vida era lo insoportable. ¿El suicidio podría considerarse un pasaje al acto, un “dejarse caer”, un “salir de la escena”? Los últimos meses previos a su fallecimiento, hubo al menos tres intentos con diferentes medios; estaba internada en un hospital psiquiátrico, tutelada por una institución médica, tratada por médicos entre los que se encontraba su segundo analista, el Dr. Pichon-Rivière. En la salida de fin de semana del hospital, encuentra la dosis que finalmente fue letal, el 25 de septiembre de 1972: cincuenta somníferos. Dormir para siempre… ¿Fue un acto con dedicatoria, o un acting-out, en vista de que había un analista? Si, como dice Freud, el suicida siempre mata a otro, ¿a quién mata…? Había llegado a un punto de no retorno donde ya no había un Otro que pusiera límite al goce. El goce absoluto, goce del Otro, el regreso a la completud, al borramiento de la falta y de la castración, el retorno al seno materno…

Su cuerpo, la imagen que tenía de él, constituía una fuente de sufrimiento: su baja estatura, su tendencia a engordar, el acné. Un cuerpo además “martirizado”, sometido a constantes dietas o a la falta de alimento, al consumo de fármacos; un cuerpo que no lograba descansar debido al insomnio. Un cuerpo gozoso; sexualidad y muerte, como material de escritura.

Tal vez el suicidio sea el acto más íntimo y subjetivo que pueda llevar a cabo un sujeto. “No quiero ir nada más que hasta el fondo”, fueron unas de sus últimas palabras y así fue: poner un límite definitivo a su sufrimiento.

Créditos de la fotografía: Autor: Manos Bourdakis, la foto se llama Suicidio con píldoras y es del 19 de julio de 2013.

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