Escrituras lacanianas

Isela Segovia

Lacan hace una teoría de la escritura. El tema atraviesa su enseñanza y su obra; va modificándose y recibiendo efectos de varios desplazamientos, de acuerdo al lugar donde colocó el acento; esto hace posible considerar diferentes momentos en su producción. Estos momentos están estrechamente relacionados con la construcción de una de sus aportaciones más relevantes: los tres registros de la experiencia, imaginario, simbólico y real, que hacia el final fueron enlazados en lo que llamó nudo borromeo.

Algunos términos asociados a estos recorridos son palabra y significante, que se inscriben en el marco del registro de lo simbólico. Por su parte, escritura y letra, que pueden indicar y representar ahí donde no hay palabra, es decir, el campo de lo real. Para Lacan, el significante funciona como una marca; la escritura es producto del lenguaje. La función de la escritura sería la de representar palabras y, asimismo, que se construye por su referencia al lenguaje.

La escritura, la letra, se inscriben pues en lo real; no guardan relación con el significante. La letra es definida por Lacan como el soporte material del significante y entraría en la esencia del lenguaje, que es metafórica, y que es entendida como la red de los significantes.

La escritura, en tanto perteneciente al registro de lo real, escaparía, por lo menos en un resto que no se deja simbolizar, a la palabra.

El significante asumiría el carácter de huella, por lo que la cadena significante formaría un soporte de trazos, en el cual el sujeto estaría marcado por un discurso que habla a través de él, en tanto que es sujeto del significante.

Más que ser el “dueño” del lenguaje, el sujeto es efecto de él, es determinado por él. El mundo humano es un mundo simbólico, no natural.

Lacan lee y trabaja textos de Freud que considera como canónicos. Parte de la revisión de lo vertido en escritos como La interpretación de los sueños, El chiste y su relación con lo inconsciente y Psicopatología de la vida cotidiana, donde encuentra aquello que el creador del psicoanálisis había señalado como central en su clínica: los procesos inconscientes, hechos de palabra; dichos de sus analizantes, ante la provocación de decir “todo lo que se le ocurra…”, con la que no pocas veces tropezaban, donde el inconsciente se hacía presente, y en el cual encontró la estructura del lenguaje. Lacan utiliza elementos de la lingüística, los que subvierte para crear una teoría que tiene como propósito volver a situar al psicoanálisis como un campo del lenguaje.

Al igual que Freud, Lacan fue un gran escritor, si bien una buena parte de su obra publicada es producto de los seminarios que dictó a lo largo de muchos años. La escritura lacaniana es famosa por su complejidad y oscuridad, por utilizar un lenguaje muchas veces cifrado, que requiere una buena dosis de esfuerzo para poder ser entendida en sus términos. Su consigna de “retorno a Freud” logró rescatar al psicoanálisis de una normalización y una rígida institucionalización a la que había sido confinado, preservando el sentido que su inventor quiso transmitir. Sin embargo, Lacan no es el continuador de Freud, sus aportaciones rebasan, con mucho, ese calificativo.

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