Carmen Vargas
El finalizar de un año y la espera del siguiente no solo brinda la oportunidad de permitirnos el delicioso exceso propio de la fiesta sino que promueve el acercamiento con aquéllos que queremos y con quienes sostenemos amistosas relaciones. También alienta a dar rienda suelta a la omnipotencia del pensamiento y así mantener la hermosa ilusión de que nuestros deseos –hacia los otros y respecto a nuestros propios proyectos- puedan concretarse en los doce meses siguientes por el mero hecho de ser enunciados.
En el caso de este último cambio de año tuve una experiencia que me llamó la atención. Al referirse al año viejo había entre los compañeros de los diferentes jolgorios el reconocimiento de lo difícil que fue: no faltó el compartir las experiencias y terrores que se vivieron durante los sismos recientes y pasados. Pero también, se daba una especie de conversación en pirinola en la que ésta, al caer, siempre remitía a la violencia que ha invadido nuestra vida cotidiana: asaltos, secuestros, asesinatos, robos, desapariciones, abusos, corrupción, represión de los aparatos estatales…… crímenes en sus modalidades diversas.
Y en el desear colectivo de que el próximo año “sea mejor” había un grado de temerosa certidumbre de que lo que traerá será la continuación y consecuencia de esa violencia vivida. Y una especie de angustiante espera de la proximidad de lo ominoso.
Ante lo anterior, resuena la importancia de las palabras freudianas: “todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra.”
En este sentido, pienso que los lazos que podemos sostener mediante la pinza del arte –cada uno desde su lugar y a su manera– pueden constituir un bálsamo a las heridas del vivir.
