Santiago Martínez
Cuando se llega a la CDMX de una ciudad más pequeña o de una comunidad, la inmensidad tiene otra imagen. Antes, solo existe como concepto ante aquello que no podemos ver en su totalidad pero que llenamos con ideas, experiencias y esperanza. Se puede comparar con tratar de ver el fondo del océano. Sabiendo que la propia densidad del agua -barrera que nos recuerda nuestras limitaciones de la existencia- solo nos deja ver aquellos rayos de sol que se estructuran como túneles de luz que atraviesan la oscuridad para desvanecer. Un fenómeno similar ocurre cuando abordas el metro y te encuentras otra clase de barrera, la humana.
Pero si se toma en el momento adecuado, se puede encontrar la fotografía de un vagón habitado por unos cuantos entes y asientos vacíos. La imagen oculta el quién, el dónde, hacia dónde; sus angustias y sus deseos. Y como si estuviera planeado, te encuentro sentado en una de esas bancas verde con un amigo de la secundaria, sin decir nada, pensando que ese momento no se volverá a repetir; que esos adolescentes parados a mitad del vagón no durarán más de 1 o 2 estaciones fundidos en un beso. Son pláticas que pueden durar horas o minutos, todo depende del estado de ánimo de ambos.
Estas amistades llegan a desarrollar un entendimiento del otro que rompe con la barrera que se presenta con las demás personas, y es lo importante es este hecho; la barrera que surge del reflejo, de la otredad y las limitaciones humanas, es atravesada por la palabra. En eso se funda la práctica terapéutica. La transferencia entre los sujetos permite vincularnos y conocer un poco de nuestra inmensidad, dicho de otro modo, nuestros inconscientes se relacionan o encuentran el significante adecuado. Freud lo dice de la siguiente manera:
“La transferencia es un fenómeno humano universal, decide sobre el éxito de cada intervención médica y aún gobierna en general los vínculos de una persona con su ambiente humano” 1
No quiere decir que la terapia deba desarrollarse como una amistad, se plantea la similitud entre la sinceridad que se solicita al analizante y la que brota de estas amistades. A pesar de ser usado como sinónima de la terapia, la transferencia no se limita a ella, abarca nuestras relaciones sociales y la manera como nos desarrollamos en sociedad.
1 Freud, S., Autobiografía, Obras Completas, Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, 1981, p. 2761.
