Freud y la vejez

Antonio Bello Quiroz

En 1936, en una carta a Arnold Zweig, Freud sitúa sus interrogantes sobre la vida y la muerte: “No puedo habituarme a las miserias del desamparo de la vejez, avizoro con una suerte de nostalgia el tránsito a la nada”. Ha vivido ya la muerte de sus hijos en la guerra, ha padecido múltiples operaciones en la mandíbula y es perseguido por el régimen nazi. Ante la enfermedad y la muerte, dos signos asociados a la vejez, Freud responde escribiendo Moisés y la religión monoteísta, análisis terminable e interminable y Construcciones en análisis. De esta manera, hace realidad la idea de que se envejece como se vive. 

Los duelos por las pérdidas sufridas son procesos insidiosos y dolorosos que llevan a des-investir un objeto para sostenerse en la conquista por la vida. 

El inventor del psicoanálisis, durante una entrevista con George Sylvester Viereck, realizada en Viena en 1926, cuando está cerca de cumplir setenta años, habla de su condición de vejez y señala: “¿Por qué debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me rebelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas —en compañía de mi mujer, mis hijos—, el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?” Más adelante menciona el entrevistador: “El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.” Freud responde: “Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia”.

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