El odio, más antiguo y más fuerte que el amor…

Lacan aseguraba en 1964 que hay algo profundamente velado en la crítica de la historia vivida a partir del nazismo, “que presenta las formas más monstruosas y supuestamente superadas del holocausto […] ningún sentido de la historia […] es capaz de dar cuenta de este resurgimiento mediante el cual se evidencia que son muy pocos los sujetos que pueden no sucumbir, en una captura monstruosa, ante la ofrenda de un sacrificio a los dioses oscuros.”[1] Ante esto, señala, anteponemos la ignorancia, la indiferencia y desviamos la mirada. Si, por el contrario, somos capaces de mirar de frente este fenómeno, veremos que “el sacrificio significa que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que aquí llamo el Dios oscuro.”[2] La oscuridad de esta pasión divina tiene relación con la oscura pasión del odio.

De acuerdo con el planteamiento de Lacan, el odio debe ser referido a una teoría acerca de la economía del goce. Lacan anota en la dimensión del goce aquello que es específico de la pasión del odio tal como se presenta en el racismo: “el racismo es el odio al goce del Otro. Es esta suposición del goce del Otro –como privativo de mi propio goce– que ofrece como objeto a la pulsión de muerte, al Otro constituido como «extranjero, expropiador de mis bienes, o del Bien Nacional».[3] La perspectiva sobre el goce abre otra dimensión diversa al punto de vista freudiano sobre las identificaciones y sus consecuencias en tanto creadora de un Otro diferencial.

El odio está pues presente en la relación con los otros. Sus manifestaciones acompañan el acontecer cotidiano. Hay ciertos sujetos o grupos sociales que convocan el odio e inspiran el acto agresivo y violento con expresiones cada vez más insoportables. No sólo es preciso eliminar al indeseable, sino que pareciera necesario degradarlo y reducirlo, sustraerle todo resto de dignidad humana, como en el caso de la tortura o el desmembramiento o desaparición utilizando distintos métodos.

La irrupción de la Internet y de las redes sociales ha acercado y vuelto inmediato lo que anteriormente podía permanecer oculto. Asistimos ahora a exposiciones del horror en “tiempo real”. La circulación de mensajes de odio acapara las vías de la red, con lo que ahora es posible odiar a distancia a un enemigo imaginario al que quizá nunca se conocerá de manera directa.

Tanto la posibilidad de crear vínculos a partir del discurso como de romperlos está presente en la interacción subjetiva. El desconocimiento del mal que nos habita no lo elimina. La propuesta freudiana de pulsión de muerte ha sido, según él mismo lo ha formulado, una de las razones de oposición al psicoanálisis. Lo real del goce resulta intolerable. Con todo, por paradójico que resulte, la exteriorización de la pulsión destructiva supone cierta satisfacción que apuntaría a una economía pulsional del sujeto y de una colectividad. De hecho, algunas de estas expresiones son promovidas o permitidas por la cultura. Como Élisabeth Roudinesco se pregunta: “¿Qué haríamos si ya no fuese posible designar como chivos expiatorios –es decir, perversos– a aquellos que aceptan traducir mediante sus extraños actos las tendencias inconfesables que nos habitan y que reprimimos?”[4]

Sin embargo, ¿cómo lidiar con una “realidad” tan atravesada por la animadversión, la violencia y la amenaza a sucumbir en algún momento ante el odio feroz de otro sujeto o de las fuerzas de control del Estado o del crimen organizado? No parece una tarea sencilla, pero habrá que pensar en las formas de darle la vuelta, de restituir algún sentido de eso otro humano.

No es la meta del psicoanálisis resolver conflictos sociales sino dar cuenta de ellos, en tanto discurso de la subjetividad y del deseo. Quien se arriesga a un proceso analítico se enfrenta con sus propias oscuridades, sus filias y sus fobias, en una clínica que es la del amor, pero también la de la muerte, no como lo que pone un punto final a la vida sino la que nos habita como los sujetos que somos.

Como psicoanalistas no podemos sustraernos de lo que acontece a nivel de lo social. Antes bien, podemos problematizarlo.


[1] Lacan, Jacques. El Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Bs. As., Paidós, 1991, 4ª reimp., pág. 282.

[2] Ibíd., pág. 283.

[3] Citado en: Rithée Cevasco – Markos Zafiropoulos. “Odio y segregación. Perspectiva psicoanalítica de una obscura pasión”. ACHERONTA. Revista de Psicoanálisis y Cultura. Número 13 – Julio 2001. [www.acheronta.org].

[4] Roudinesco, Élisabeth. Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. México, Anagrama, 2009, pág. 15.

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