Cecilia Sánchez
Las redes sociales, como hoy las denominamos, surgen durante el siglo pasado para hacer referencia a relaciones entre miembros de una o varias dimensiones. En la era digital se adopta este término para englobar diversas plataformas existentes en internet, como Facebook, Twitter, Instagram, entre otras. Cada una de ellas ha adquirido una fuerte presencia a nivel social, los sujetos hacen uso de ellas para existir; es decir, cada actividad, sentimiento, interés, etc., espera una reacción del otro para afirmar-se como sujetos: la modernidad atrapa la esencia del sujeto en las redes sociales digitales.
La sociedad es ahora una sociedad digital, donde existe sobreinformación y, con ello, no existe nada que no pueda ser consultado a través de las redes; ahora no se conoce al otro a través de la palabra, el lazo social, el encuentro y discurso. ¿Deseas saber de algo o de alguien? Consulta en las páginas o su perfil en las redes sociales; no es necesaria otra cosa, solo la conectividad. Tal pareciera que quien no se encuentra en alguna red social digital no existe; si no reaccionan a tus publicaciones, entonces no eres nadie. Por ello, en la actualidad, antes que saber cómo te llamas, se insiste en preguntar o investigar “tu perfil”, el cual parece ser una biografía del ser o una imagen a la cual se aspira.
Son los tiempos donde la otredad es entendida como una reacción a las publicaciones, eso es lo que sostiene la existencia: una existencia construida en lo que quiero y espero que piensen de mí los demás. ¿Es acaso que el sujeto ha dejado de ser, desde su historia, el nombre propio (dado que en las redes sociales incluso se presentan con pseudónimos), de lo que se le regresa a través del lenguaje?
A partir del confinamiento, la sociedad digital han tenido mayor presencia; el encierro generó que la comunicación a través de redes sociales digitales fuera la alternativa. Tal parece que fue una manera de sobrevivir a la ausencia, haciendo presencia con estos mecanismos. Muchas de las veces nos encontramos en estas plataformas noticias que dan cuenta del estado de ánimo de las personas, los lugares visitados, gustos, preferencias, estatus en una relación, y va más allá: si no hay respuesta a las publicaciones, simplemente no existes. A veces es inconcebible no contar con un perfil, como si fuera la única manera de establecer comunicación y lazo social.
¿Entonces de qué manera se puede entender al sujeto desde el psicoanálisis, donde la individualidad es un punto de partida, su singularidad es la historia que lo distingue de los demás, y su cultura e historia lo interpelan en su por-venir, donde el discurso, el lenguaje y la palabra son importantes para trascender en su historia, donde la sexualidad es enigma? ¿De qué manera la sobreexposición de lo íntimo puede dar la posibilidad del deseo, sueños, lapsus, actos fallidos? ¿De qué manera se juega el discurso y sobre todo el lenguaje si no existe una respuesta del otro?
¿Estaremos hablando de otro tiempo del psicoanálisis, lejos o cerca de lo que planteó Freud? Esa es una pregunta cuya respuesta probablemente no se encuentre muy lejos.
