Yazmín Paniagua Carreto
¿Me excederé poniendo una interrogante tal?, podría ser, pero me atrevo a formularla en tanto que acá está contemplado este espacio para la recepción de preguntas y no para su cancelación.
Esta incógnita podría ser una idea tan común para quienes se interesan por el psicoanálisis, sin importar cuánto tiempo lleven en esto, como para quienes conocen de grupos que se reúne en torno a estos temas, y quizás, siendo tan común, ni siquiera se piensa demasiado. Es porque nos interesa lo mismo y punto.
Podría ser, aunque si nos planteamos que existen diversas lecturas y que está la posibilidad del poder acudir…o no a algún espacio de diálogo con otras y otros interesados en psicoanálisis entonces ¿por qué hacerlo?
En cierto punto podríamos referirlo a que habría un interés por dialogar con otros. ¿Suena a un acto fácil? Quizás. Pero recordemos un poco de la historia del psicoanálisis.
¿Por qué se reunieron los primeros psicoanalistas? Aun sin tener este nombre, a grandes rasgos podríamos decir que fue por lo que Freud evocaba y convocaba, esto da para pensarlo desde muchas aristas, quizás lo que desde allí aparece consigo es lo referente a esa nueva práctica que se estaba conformando, y de la que algunos querían escuchar más al respecto, hablarlo en voz alta, llevarlo a lo clínico, teorizarlo, dar lugar a ideas que en otros espacios no era posible. Y así desde los intercambios epistolares pasando a las reuniones de los miércoles, se llegó a la Sociedad Psicoanalítica de Viena y así lo que de allí continuó.
Pensando en quienes formaron parte de dichos comienzos ¿acaso entre ellos estuvieron siempre de acuerdo? Lo que la historia nos muestra es lo contrario.
Haciendo un salto desde entonces hasta Lacan, pasando a otros momentos de movimiento en el mundo del psicoanálisis, encontramos que del grupo en donde él se hallaba llegó al punto donde no lo hizo más, y de allí pasó a continuar creando una forma nueva para relacionarse con otros.
Nos presentaría entonces en 1964 el “Acta de Fundación”. Hacer Escuela desde una práctica del psicoanálisis conforme a lo que, para él, no existía en ese momento. Así, después de todas esas separaciones y después del fallecimiento de quienes estaban al frente, me parece que en el mundo del psicoanálisis se ha vivido una suerte de incesantes resurgimientos. Gran cantidad de agrupaciones han tomado lugar, distintas formas de llevarlo a la práctica, de acuerdo a lo que de la historia nos ha llegado se han reunido desde distintos entendimientos del deseo. Desde acuerdos, intereses y coordenadas geográficas varias, claramente lo que ha permanecido son las subjetividades.
La creación de lugares donde se reúnan las y los psicoanalistas persiste. ¿Cómo es esto posible? Aun sabiendo que la fractura forma parte intrínseca de los lazos, aun contemplando que habrá desacuerdos, aun así existen sujetos habitados por el deseo de conocer y conocerse en torno a un tema en común.
Nuestra insistencia, me asumo pensándolo así, remite a la falta fundante.
Para lograr la transmisión del psicoanálisis se necesitan, sí, una serie de cuestiones, siempre a seguirse pescando en su práctica, donde quiera que se hable de ello, el conocimiento de la teoría, el pasaje por el propio análisis, vincularse con otros, la escritura sobre la clínica, pero ¿y si de donde más subsisten posibilidades para continuar es precisamente por no-serlo-todo?
Y bien ¿por qué nos seguimos reuniendo en torno al psicoanálisis?
Para pensar y pensarnos con los otros. Sí. Algo nos mantiene allí, en diálogo, en la escritura, más allá del consultorio, del salón de clases, más allá de la propia lectura en lo individual, más allá de soliloquios y castillos nos atrevemos a encontrarnos y desencontrarnos en todo sentido al reunirnos, una y todas las veces que así suceda, porque así será, nos desencontraremos, antes y después.
La ética del deseo también resuena en estos actos, y qué bien que así continúe; si no, nos aproximaríamos más a imposiciones, a la obligación, la simulación y no así al intercambio de gustos y disgustos, y de esto a poder preguntarnos, a seguir sorprendiéndonos y no a sentirnos cada vez más cómodos con lo que creemos saber. La convivencia entre psicoanalistas es asumir que estamos implicados desde la pérdida, y aun así hay horizonte.
¿Qué nos queda de todo eso? ¿No es acaso continuar y hacer frente a lo que queremos y también a lo que no?
Estando advertidos, aun así seguiremos transitando por las fallas, los equívocos, por la errancia.
¡Maravilloso! Tomar vuelo surcando cielos inesperados, porque ni la calma ni la tormenta tienen que significar mejor o peor paisaje o altura, en cualquier caso habremos de encontrar algo no visto antes. Remontando una y otra vez el vuelo de la forma en que mejor sepamos surcar el aire puede ser posible.
Quisiera cerrar esto pensando con ustedes lo siguiente, me parece que quien lleva consigo el interés del psicoanálisis, con otros no se reúne, se encuentra y por tanto desencontrará. Así una e incontables veces, para aproximarnos siempre a nuestro deseo y no sólo suponerlo por hablar de este únicamente en los textos.
