Alejandro Carrillo
Las tinieblas me-rodean
“… me envolvió la más negra de las tinieblas. Todas mis sensaciones fueron tragadas por el torbellino de una caída en profundidad, como la del alma en el Hades. Y luego el universo no fue más que silencio, calma y noche…”[1]
Hay oscuridad astronómica, mayúscula e imponente, como la de la noche, la materia oscura, los eclipses y los hoyos negros. La hay de nuestros líquidos adictivos: petróleo, café, cola y tinta. La de los resquicios del fuego: pabilos quemados, carbones y hollín. Inclusive en las penumbras del cuerpo al hacer sombra, oscuridades visibles y encubiertas, cavidades visibles y las que no, agujeros opacos y otros reflejantes. Y si la oscuridad, etimológicamente designa cobertura y confusión, lo es también el vestido, el rímel, la sombra y el labial.
Para el artista gráfico, las negruras contornean, dan pie, del claroscuro hace emerger difuminados de formas, contrastes opulentos, gestan volumen con el manejo de las sombras, hacen perímetro de la caricatura, también denuncia del horror.
Los que escriben apelan en el trazo en las palabras un negro contrastado sobre un fondo blanco, convierten en grafía, una combinatoria que les predetermina, de lo oído y leído en las penumbras, a un texto para alguien más, Otro.
El fantasma y la oscuridad
“…multitud de recuerdos del abismo que se abre más atrás. Y ese abismo, ¿qué es? ¿Cómo, por lo menos, distinguir sus sombras de la tumba?”
En 1842 Edgar Allan Poe publica el cuento de terror, gótico y ominoso: “El pozo y el péndulo”, donde el autor hace gala de su narrativa para contarnos la historia de su protagonista quien está prisionero en un calabozo que encierra un pozo, y también un péndulo con una guadaña con el que le torturarán. Hay en este cuento la sensación de abandono, desorientación, desconcierto, y desesperanza de un condenado a morir, en una época oscurantista de la inquisición española. A continuación, un extracto más de su escritura:
“Esas sombras de recuerdo me muestran, borrosamente, altas siluetas que me alzaron y me llevaron en silencio, descendiendo… descendiendo… siempre descendiendo… hasta que un horrible mareo me oprimió a la sola idea de lo interminable de ese descenso. También evocan el vago horror que sentía mi corazón, precisamente a causa de la monstruosa calma que me invadía. Viene luego una sensación de súbita inmovilidad que invade todas las cosas, como si aquellos que me llevaban (¡atroz cortejo!) hubieran superado en su descenso los límites de lo ilimitado y descansaran de la fatiga de su tarea. Después de esto viene a la mente como un desabrimiento y humedad, y luego, todo es locura -la locura de un recuerdo que se afana entre cosas prohibidas.”
Poe, es un escritor y poeta amado por los que caminan de noche, sean lovecraftianos, escribanos malditos, psicoanalistas, o cualquier otro errabundo. Porque despierta una fauna temible: simios asesinos, cuervos, ratas, gatos; o porque inicia la literatura detectivesca con el sagaz y analítico Dupin, o porque desentierra de sus féretros a las pasiones vampiros de cada uno de nosotros.
¡Tan potente es el efecto de las tinieblas sobre alguien que despierta de la letargia o del sueño!
Ahora retornando a la invitación a la lectura de su cuento sobre la cavidad y el corte, donde el protagonista inculpado cae, desmaya, desciende, hay que decir que reinan otros personajes: la oscuridad, el silencio y la soledad; tríada que nos recuerda S. Freud en el texto de “Lo ominoso” que tienen una ligazón con la angustia, ese fuego frío inextinguible. Nos encontraremos también en este sublime cuento de Poe, un contexto histórico, un dispositivo inquisitorial, la ausencia del nombre del protagonista, lo que deja entrever algo abyecto del personaje, no así la precisión de los nombres de los servomecanismos de la tortura. Una terrible historia que nos permitirá encontrar la mirada de las sombras, de sus fantasmas, siempre Otro…
“…ansiaba abrir los ojos, pero no me atrevía, porque me espantaba esa primera mirada a los objetos que me rodeaban. No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nadaque ver. Por fin, lleno de atroz angustia mi corazón, abrí de golpe los ojos, y mis peores suposiciones se confirmaron. Me rodeaba la tiniebla de una noche eterna. Luché por respirar; lo intenso de aquella oscuridad parecía oprimirme y sofocarme.”
Lo sutil es otro de los nombres de lo que está a la vista, sin profundidad, sin exactitud, que es también delicado, leve o poco perceptible, ingenioso y perspicaz, designando el hilo más fino de un tejido de la urdimbre de una tela, como lo que está oculto a la vista de todos, que sorprende en su realce, que deja leer en la cobertura de la oscuridad algo de la inspiración del arte, que deja escuchar las reverberaciones gozosas de la letra, que enuncia para quien pase por ahí un instante para ser leídos desde el cuento lo que roce de la historia propia y se deje a-sombrar, que lo negro no es inútil.
[1] Los epígrafes y textos intercalados en cursivas, son extractos del cuento “El pozo y el péndulo” de Edgar A. Poe.

