Cuando el recuerdo es un olor

Rafael Solís Díaz

El largo pasillo que da acceso al mostrador donde se intercambian las identificaciones por gafetes, deja que el imaginario permita tener toda clase de sensaciones, mientras, sigues avanzando a los accesos que llevan a los primeros enrejados que dividen las oficinas administrativas y los pasillos que conducen a la población general.

Este pasillo, obscuro y gris, pudiera ser la descripción de la entrada a cualquier reclusorio de la Ciudad de México, y uno puede acceder por múltiples circunstancias: “como en la casa del jabonero” dirán algunos, “el que no cae resbala” y con él la familia, o porque fue el camino que tomó el destino laboral o profesional de otros. Tal vez haya otros tantos entre un lado y el otro, que son meros intermediarios o “burreros” oportunistas de las condiciones penitenciarias.

Tal vez no me equivoque mucho  (ya me dirán a quienes les haya sucedido),  pero al salir de estas instituciones, lo que de inmediato aparece como recuerdo es el olor que atrapa los sentidos, que se ha impregnado más allá de la ropa y que la epidermis habla de ello. No sabría de su composición química, pero deja a su vez una estela de aromas que mezclan las miradas de los presos que se quedan tras los muros y enrejados.

Trato de recordar, y al recuerdo algo le pasa, se confunde, se resiste. Es un olor o tal vez son olores, que no se bien si se puedan distinguir con claridad, pudiera ser una combinación de varios, de primera instancia y con ganas de identificarlo diría que es un entramado de sudor,  miedo y creolina, que se dejan percibir de las áreas que parecen limpias, como si se intentara borrar lo real de los sujetos y de la institución penitenciaria, que a lo largo de su historia ha estado lleno de eufemismos (centros de regeneración, de rehabilitación, de readaptación, de reinserción, de reincorporación, de re…) tratando de educar lo ineducable, de atrapar lo inatrapable.

Cuanto más te acercas a los dormitorios, el o los olores son más intensos. Incluso, y haciendo memoria, los olores pueden cambiar de una institución carcelaria a otra. Por ejemplo en una penitenciaría, donde los presos se encuentran ejecutoriados, es decir, que sólo están cumpliendo su sentencia, el ánimo huele a desesperanza y resignación – ¡como si la desesperanza y la resignación tuvieran olor!- ya no hay más que someterse a las condiciones carcelarias y al tiempo de la pena, tanto por el tiempo qué cumplir, como en el que en él hay que sufrir.

Olor y recuerdo, que en algún punto se encuentran, uno es sentido (en tanto sensación y dirección) y el otro la posibilidad asociativa, sin embargo hay una resistencia, condición casi inherente para que estas experiencias se opongan a la conciencia.

Cuando la desesperanza y la soledad duermen juntas, no hay forma de conciliar la angustia. El tufo de la muerte baila de celda en celda.

¿Cómo nombrar a la marca que queda en la memoria después de haber permitido que la mirada se corrompiera al presenciar tantos cuerpos yertos de no haber podido más? A lo mejor buscando entre los recuerdos, que seguro hay uno lleno de justica, y como quien lo hace desde un “archivo necesario”, reivindica el día. Así me parecen que son los olores, unos ácidos y otros dulces, que desde bebés ya somos capaces de distinguir, es decir, lo placentero y lo displacentero, o en otro sentido, del rechazo y la aceptación de las excreciones, donde la cultura se encarga de poner su grano de censura, y así, la vergüenza y el asco. Por ello “la doctrina pulsional es nuestra mitología”.

 Si algún olor tiene la pulsión descrita, desde estos espacios de reclusión es metáfora imposible, es escritura hecha marca en la piel como insuficiencia de la palabra.

Si el recuerdo es el perfume del alma, hay algo en la verdad del olor que se inhibe como tabú a la muerte, donde la animalidad y la certeza de finitud tienen lugar.

Para quien haya respirado la Muerte, ¡qué desolación el olor del Verbo!

Emile Cioran

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