¿Habrá algo que caracterice o distinga a los vínculos amorosos según la época? Lo que podemos observar, lo que escuchamos en la clínica, habla de las formas cómo se relacionan los sujetos que acuden a un análisis, de las maneras como gozan; los discursos de los más jóvenes y los no tan jóvenes cuando hablan de amor, que es el gran tema en todo análisis, se hallan marcados por las historias singulares, sin duda, pero también por cuestiones acordes a la época.
Nos ha tocado vivir tiempos en que la relación con el otro se haya intervenida por redes sociales, por una pantalla. Así cómo es posible entrar en contacto con sujetos que se encuentran en otras latitudes, con lo cual pareciera que el mundo se ha vuelto muy pequeño, el encuentro con esos otros muchas veces excluye la corporalidad. Para los más jóvenes, la interacción con sus pares a través de las redes sociales constituye algo de importancia vital para afrontar el vacío y la soledad que de pronto experimentan con toda intensidad. Y es frecuente observar a grupos de infantes y adolescentes en un mismo espacio, pero interactuando entre sí con sus teléfonos celulares, “platicando” por medio del chat o jugando videojuegos, con lo cual ya no es necesario recurrir a la palabra.
Los vínculos amorosos, asimismo, se hayan atravesados por dispositivos y aplicaciones (por citar algunos como Tinder o Bumble): conseguir pareja, concertar un encuentro sexual o tener una experiencia sexual a distancia con otro sujeto, o quizá con otro “no humano” (un bot), es ahora una práctica posible. Aparentemente, elimina algunos riesgos que el encuentro con el otro de manera directa implica.
En un mundo donde es una exigencia la rapidez y lo inmediato, tiende a agotarse pronto la novedad y la sorpresa, por lo que mantener lazos duraderos es quizá un reto cada vez mayor. No obstante, encontrarse con otros, enamorarse, formar pareja, familia, sigue siendo algo ineludible para los sujetos. Seguimos jugando al amor, seguimos apostando por él, aunque perdamos, o quizá por eso mismo… Este imaginario de que el otro tiene lo que a uno le falta; más aún, que podemos completarlo, se convierte para algunos sujetos en una búsqueda, casi siempre fallida, de eso llamado amor. Hay una imposibilidad, según asegura Lacan, la no-relación-sexual, que implica que los goces de los partenaires no sean complementarios y se produzca, una y otra vez, el desencuentro, la insatisfacción, que es consustancial a la pulsión. Y justamente por ello, la búsqueda se repite.
Ante la dificultad y el riesgo que plantea la relación con el otro, una máquina, un software, un chatbot (como puede ser Replika), sería quizá lo más cercano a la perfección, lo más cercano a la ausencia de la falta, o, al menos, esa sería la oferta de estos dispositivos, de ser una alternativa a la soledad. Estos instrumentos, cada vez más sofisticados, forman parte de nuestra vida cotidiana y por momentos se han vuelto indispensables; sólo hay que echar un vistazo a lo que ocurre con los teléfonos celulares, aparatos multitareas, con los cuales los sujetos establecen genuinas relaciones amorosas. Y ¿cómo no? si documentan y guardan las imágenes, la música, los datos que confeccionan la historia de cada sujeto.
Cuando navegamos en la Internet o interactuamos en las redes sociales, vamos dejando un historial de búsquedas y de preferencias que es captado por algoritmos, mismos que, sin que nos percatemos plenamente de ello, va dirigiendo estas interacciones. Se ha creado toda una industria dedicada a intentar que entre sujetos se logre un match (las dating apps como e–Cyrano o SmartMatchApp). Concertar la cita con quien potencialmente será la pareja “ideal” es una oferta muy tentadora y que se vende muy bien. La serie británica Black Mirror da cuenta en algunos de sus episodios de los efectos que la tecnología y la inteligencia artificial han imprimido en las relaciones que se establecen entre sujetos.
Los vínculos amorosos son frágiles y complejos. La conocida y contundente frase de Lacan “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es”, sitúa al sujeto en el territorio de la falta. Lo que ocurre con estas nuevas maneras, creadas por la tecnología, de relacionarse con el otro, de encontrar el amor, es que intentan obturar la falta: todo es posible, todo es, imaginariamente, perfecto. Pero tarde o temprano, acaba agotando el deseo; por lo contrario, lo impredecible, la incertidumbre, son lo que caracteriza la existencia.
En este mundo rápido y frenético, cargado de evasiones y sin tiempo para detenernos a pensar; el vacío, consustancial a la condición de sujetos, la soledad no siempre elegida, forman parte de los discursos que se escuchan frecuentemente en un análisis. Encontrarse con el propio deseo, construir un discurso propio, darse un nombre propio, es posible sólo a través de un arduo trabajo analítico. Y la clínica analítica es una clínica del amor, de la muerte también, donde la transferencia es precisamente su motor.
