Helí Morales
El movimiento estudiantil y obrero del 68 en Francia no solamente golpeó las estructuras del poder y la imagen jabonada de las universidades, también sacudió las obras de sus pensadores y filósofos.
La confrontación de diferencias que se gestaba en el campo del saber, señalaba la existencia de dos grandes corrientes del pensamiento: por un lado, un marxismo salpicado de existencialismo o leninismo y por el otro el llamado movimiento estructuralista con su pasión por el lenguaje. Aunque no se trataba de ninguna confrontación real, el punto de discusión que parecía generar el punto de capitón de las diferencias entre estas dos posturas era la cuestión de la historia. Los marxistas acusaban de hiperteóricos y ahistoricistas a los llamados estructuralistas y estos, a su vez, cuestionaban a los otros de olvidar la importancia de las estructuras del lenguaje y el inconsciente para hacer una crítica radical a las sociedades, así como enarbolar una concepción muy limitada del tiempo como destino dialéctico.
La interpelación que surgió del sacudimiento político del 68 no fue sin consecuencias.
Louis Althusser reconsidera sus posturas y, en una autocrítica por un exceso de teoría e importancia del texto, llama a la acción para llevar al acto la revolución.
Michel Foucault da un giro radical y se politiza en sus análisis que, desde entonces, versan sobre la cuestión del poder. No sin antes, en 1969, escribir un texto llamado La arqueología del saber, donde presentaba la historia vinculada al lenguaje en la subjetivación del sujeto.
El mismo Lévi-Strauss, en 1971 en una emisión de radio de France culture de Anales de la historia, llama a la reconciliación de ambas posturas al señalar que etnólogos e historiadores tienen una misma tarea y asegura que: “El gran libro de la historia es un ensayo etnográfico de las sociedades pasadas.”
Roland Barthes, muy sacudido por los acontecimientos de ese mayo convulsivo, da un golpe de timón y alejándose de la semiología, comienza a surcar las aguas del psicoanálisis y lleva su pensamiento a las costas del goce y de lo indecible del significante. Su acercamiento a las ideas freudianas y lacanianas le posibilita el pasaje del farfullo del lenguaje al placer del texto.
Por ultimo, habría que señalar que, si alguien capitalizo en el campo del saber la verdad que los acontecimientos del 68 precipitaron, ese fue el psicoanalista Jacques Lacan. La evidencia de los lazos sociales como un mapa conformado por distintas modalidades discursivas, donde el sujeto se ve determinado por diferentes relaciones del saber, el poder, el deseo y el enigma, lo lleva a dictar su histórico seminario de El Reverso del psicoanálisis donde avanza la escritura de los cuatro discursos. La propuesta del discurso del amo, de la universidad, del sujeto y del psicoanalista, presenta un archipiélago de las determinaciones del sujeto en los lazos sociales que impactará no solo la práctica clínica del psicoanálisis sino al saber tanto en el espacio de lo político como de lo social.
