Fernando Azcárate
¿Por qué nos importa tanto la opinión? ¿Nos importa la opinión? La nuestra, la de los demás, ¿no acaso surgió el pensamiento en occidente, en accidente, del hecho de hacer de lado las opiniones? La filosofía en la Grecia antigua surgió en contra de los sofistas, que podían, por una módica cantidad, argumentar cualquier cosa; desde su individualidad, líbremente. Acabamos de asistir al hecho de que a la politóloga Denise Dresser la sacaron de un programa de televisa llamado “Es la hora de opinar”; que se supone que llevan a cabo los “intelectuales”. ¿Por qué alguien que, según estudió política, opina? Y es que la política es una de las condiciones en las que podría aparecer algo del registro de la verdad, pero, ¿no acaso la opinión está en contra de la verdad? Hasta Alain Badiou, alguien a quien tal vez podríamos -por su interés en la ontología matemática-, llamar intelectual, tuvo que hacer un Segundo manifiesto por la filosofía para darle lugar a las posibilidades de la verdad, más allá de la opinión. “¡No nos importa tu opinión!” Esta frase podría escucharse terrible, antidemocrática, autoritaria, pero tal vez sea la apuesta más fresca y genuina por el pensamiento posible. Y es que decir la opinión implica a una persona libre que puede decir lo que sabe, pero lo que se sabe no es necesariamente lo que se piensa. Si el psicoanálisis abrevó en la filosofía, si Jacques Lacan estudió la transferencia en Platón y con Sócrates, ha sido gracias a eso, entre otras cosas, que podemos decir que somos efecto del pensamiento. Y es aquí donde a los griegos, Platón, Sócrates, Aristóteles entre otros, no se les puede decir intelectuales; esta muy difundido que Sócrates sólo sabía que no sabía, con lo cual llamar intelectuales a los griegos, que fueron los primeros en pensar la política, es un desatino, cuando no un despropósito. Ellos, los griegos, nos legaron lo que pensaban. Esto implica que nos dejaron un ejercicio de pensamiento en donde se descubre una verdad más allá de lo que se sabe. Punto en donde casi aparece el psicoanálisis que es la escucha de una saber que no se sabe, escucha de lo inconsciente. Varias veces Lacan menciona cómo la verdad es lo que deja en falta al saber; sólo la moral del rebaño, como llamó a eso Nietzsche, cree que saber y verdad son lo mismo y desde ahí opinan. La verdad, volviendo a los helenos, es ya lo que se descubre, lo que se devela, “aletheia“, que se pronuncia “alicia”; Alicia en el país de las maravillas, dijo Carroll. Y, la verdad, es que la verdad se devela en el discurso, en el acto de, más allá de saber, ejercer el pensamiento. ¡Esos griegos eran unos antidemocráticos! Tal vez por eso Sócrates murió en el veneno que la polis le dio en la cicuta. ¡No nos importa tu opinión! Nos importa lo que se puede pensar… Los intelectuales defienden a la persona democrática que es un individuo, libre, con sus opiniones tal que puede decir lo que sea y quiera. El peligro de esto es alejarse del pensamiento en una serie de juicios preestablecidos que empañan la verdad. Los intelectuales no piensan y no les importa la verdad, sino sostener la democracia de la libre opinión de todos y decir lo que saben, sin importar el pensamiento. Porque lo que ellos saben, en tanto democrático, es el bien de todos; ¿Se ha escuchado algo más autoritario alguna vez? Por eso, “si no sabes, no opines”, es una frase tan difundida; los intelectuales, en tanto que saben, tienen información, pero no la verdad. La verdad se piensa, no se sabe. “Si no sabes, no opines”, frase rancia de la persona libre que es dueña de sí misma… ¡La libertaria esa..! En lugar de decir “si no sabes, no opines”, en cambio digamos, mejor: “Hablo porque no sé”. Si somos efecto del pensamiento, hijos de la palabra, ¿no tendríamos que honrar nuestra genealogía pensando, en lugar de opinar?

