Marcela Martinelli
Ser niño implica la convivencia con otros, aunque no se desee. Así tenemos a padres, hermanos y hermanas a nuestro rededor. Crecemos y aún con la necesidad y con las demandas a flor de piel nos envían a lo que se conoce como la educación: básica, elemental. Y así, nos vamos convirtiendo en sujetos con una cercanía con un ente llamado: La Escuela.
En ese espacio pasamos la mitad de nuestros días y si sumamos éstos, puede ser que la mitad de nuestra vida. Siendo infantes no podemos decidir si queremos estar ahí o no. Con suerte sí queremos y la escuela pasa a ser un lugar con mucho plus, en donde aprender es un pretexto para disfrutar los amigos, el recreo, las travesuras. Más delante las pintas, los primeros amoríos y demás.
Después algunos nos quedamos con las ganas de seguir y ya por decisión propia cursamos: maestrías, doctorados, diplomados, programas de formación; ahora si que hay para todos los gustos.
Ser parte de una escuela o varias genera una cuestión que podemos resumir en pertenecer a. En unas de sus acepciones la pertenencia es: la relación de una cosa con quien tiene derecho a ella. También: hecho o circunstancia de formar parte de un conjunto, como una clase, un grupo, una comunidad, una institución, etc.
Tener derecho conlleva poseer responsabilidades con este espacio, al que pertenecemos y también nos posibilita incluirnos como parte de algo más, que incluye a otros, por lo tanto hay relaciones y de ahí podríamos seguir planteando las diversas cuestiones que se generan o pueden generar en el vínculo con otros. Proyectos, sueños, diálogo, convivencia. A eso lo aderezamos con los amores y odios intrínsecos en los enlaces con otros.
El punto al que quiero llegar es cuando un sujeto por deseo y convicción se incorpora a una escuela, ya no por obligación, sino porque su pasión lo mueve a pertenecer a ese espacio, llámese escuela, grupo, movimiento. Lo que implica la pertenencia debe estar presente -responsabilidad y relaciones- como condiciones no impuestas sino que son parte de la conformación de ese espacio que acoge a varios. Considero que eso es lo que sucede en relación con el psicoanálisis. Cuando alguien decide ingresar a ese espacio donde hay otros, es porque su deseo lo ha llevado allí. Y la pertenencia se va gestando, parecido al deseo que está en movimiento, considero que pertenecer también.
En diversos movimientos de psicoanálisis a lo que he pertenecido, me he encontrado con compañeros que, ahora al tiempo, creo nunca pertenecieron a dichos espacios. Porque no había responsabilidad con lo que ahí se estaba moviendo. Aventuro que a lo mejor se jugaban cuestiones como interés, conveniencia, o solo el que pudieran decir pertenezco a, o mejor dicho ahí estoy. De ahí que algunos colegas pasaron como se dice de noche, sin que su presencia posibilitara, más bien imposibilitaba. Mi cuestionamiento es: ¿para qué ingresar o permanecer en una escuela? si no existe el deseo de pertenencia. Lo que conlleva a que se realicen actos donde se muestra y se muestran ajenos, indiferentes y hasta podría decirse traicionando lo que implica ser parte de un movimiento de psicoanálisis. ¿Por qué ese afán? si es fácil decir me voy, no me interesa, no me convoca o ya no. Me ha tocado también vivir el ya no sentirme perteneciente a y salirme, no ha sido sin dolor, a lo mejor me tarde de salirme de lugares, de aceptar que yo allí ya no, pero al final lo hice.
Con el tiempo creo que pertenecer tendría que ser un acto (muy) pensado, sentido y deseado. Así también el salir de ahí, donde alguna vez se perteneció o se creyó pertenecer.

