Catalina Torreblanca de Hoyos
Una paradoja o paradoxa es una opinión contraria a la común, un sinónimo sería contrasentido. En filosofía se entiende como una contradicción a la que llega, en ciertos casos, el razonamiento abstracto. Esto quiere decir que, más allá de las condiciones contradictorias, los factores presentados resultan ser válidos, reales o verosímiles, aunque sea en apariencia. Una paradoja, clásica y muy famosa en filosofía, es la carrera de Aquiles y la tortuga planteada por Zenón. Este filósofo griego pretendió demostrar que todo lo que percibimos en el mundo es ilusorio y que cosas como el tiempo y el movimiento eran simplemente ilusiones y no realidades. Zenón argumentaba en sus paradojas la unión de dos ideas que en apariencia son imposibles de concordar.
El mundo de las paradojas existe solo en la imaginación, son ficciones o falsas apariencias, en donde la unión de lo imposible se abre espacio a una otra realidad. Algo así como las figuras imposibles e ilusiones ópticas de M.C. Escher o como ocurre también, en los sueños.
A partir de Freud, los sueños y su interpretación, fundamento del psicoanálisis, representan la realización de un deseo por parte del soñador, incluso los sueños angustiosos tipo pesadilla. Para conciliar esta paradoja, Freud trazó el camino del deseo y su cumplimiento en los sueños, planteando que el deseo es deseo inconsciente y es siempre singular en cada sujeto. Es un deseo que, a diferencia de la necesidad, no camina en el sentido de la supervivencia y la adaptación, es un deseo que, por el contrario, estropea la realidad y su desconocimiento es la causa del síntoma; es al mismo tiempo un deseo indestructible, un deseo que no se puede olvidar porque, al ser inconsciente, es esencialmente insatisfecho. A diferencia de la necesidad, no es una función vital que pueda satisfacerse pues, su surgimiento mismo está coordinado con la función la pérdida. El deseo es una carencia, una falta.
Esta concepción freudiana del deseo se refiere fundamentalmente al deseo inconsciente, ligado a códigos infantiles imposibles de satisfacer y por ello indestructibles. Pero, también interpretó en el sueño el deseo de dormir, el deseo preconsciente e incluso, formula la paradoja del conflicto intrapsíquico como el compromiso entre dos cumplimientos de deseos opuestos, cada uno de los cuales tiene su fuente en un sistema psíquico distinto. En Freud, el deseo está determinado como aquello que, para el alma humana, se realiza de modo alucinatorio y en primer lugar se realiza en el sueño.
Fue J. Lacan quien se dedicó a centrar de nuevo los descubrimientos freudianos en torno a la noción de deseo y a volver a colocar este concepto en el primer plano de la teoría analítica. Dentro de esta perspectiva, se hace la diferencia entre conceptos tales como el de necesidad y el de demanda, con los que a menudo se confunde.
La necesidad se dirige a un objeto específico, con el cual se satisface. La demanda es formulada y se dirige a Otro, por lo que toda demanda articulada es, en el fondo, demanda de amor.
Para Lacan, el deseo nace de la separación entre necesidad y demanda; es irreductible a la necesidad, puesto que en su origen no es relación con un objeto real, independiente del sujeto, sino con la fantasía; también es irreductible a la demanda, por cuanto intenta imponerse y satisfacerse sin tener en cuenta el mundo simbólico, representante de la ley, la cultura, las prohibiciones fundamentadas en el lenguaje.
Así, Lacan se apoyó en algunos de sus conceptos de Hegel al participar en los cursos de Kojève sobre La fenomenología del Espíritu (1933-34) para desarrollar los propios y establecer en el Seminario 11 que el deseo del hombre “es el deseo del. Otro”, lo cual se entiende como que el sujeto quiere ser objeto del deseo del Otro y objeto de reconocimiento también; el deseo del sujeto hablante es el deseo del Otro. Ese Otro, tesoro de los significantes que es el lugar de donde viene para un sujeto su mensaje de lenguaje ya sea parental o social.
El objeto del deseo es un objeto siempre perdido ya que se constituye a partir de una falla del Otro, resultando es una falta constitutiva articulada en los límites de la palabra y el lenguaje. Como tal, la paradoja del deseo es porque se ubica en un margen que separa al sujeto de un objeto supuesto [como] perdido. A la vez, este objeto original denominado por Lacan como objeto a es la causa del deseo y el soporte del fantasma del sujeto. Lacan lo denominó objeto a por inalcanzable, por ser paradójicamente inexistente. Es un resto no simbolizable que aparece como una falta.
Para Sygmunt Bauman, filósofo polaco, vivimos una época marcada por la búsqueda de satisfacción inmediata e instantánea, a tal grado, que es reconocible que el deseo no desea satisfacción, sino seguir deseando.
Para este filósofo, en este mundo marcado por el anhelo de consumir compulsivamente, lo que estaría después de la aparente satisfacción del deseo serían los desperdicios, un resto inservible que queda de algo después de haberlo consumido o trabajado, dejando un vacío. Lo paradójico del deseo sería que conlleva también algo de auto-destrucción. El deseo atrae y repele, desde su origen está contaminado con por el deseo de Otro que no deja fuera el deseo de muerte, no deja fuera el goce. El goce absoluto, que Lacan describe como muerte sin morir cuando hace referencia al masoquismo. Eros y Tánatos. Paradójicamente, las dos caras de una misma moneda.

