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Sobre el nombre

Fernando Azcárate

El nombre es nuestra tarjeta de presentación, siempre que conocemos a alguien mencionamos nuestro nombre: «Hola, soy Fernando». Por alguna razón, le decimos propio a nuestro nombre, y hasta incluso decimos «nuestro nombre», cuando de alguna manera no necesariamente es nuestro.  Nosotros no lo elegimos, nos viene de las ilusiones, ideales y fantasías que se toman forma en los quereres de nuestros padres. De modo tal, que cuando tomamos consciencia en la infancia, el nombre ya lo tenemos, nos guste o no. Aunque no nos guste cómo suene, cómo se oiga o a lo que remite cuando alguien hace juegos de palabras con él, como decía anteriormente, es con el nombre con el que nos presentamos. Esto no es decir poca cosa, ya que, en tanto que nos presentamos con él, el nombre nos hace presentes; nos hace tener un lugar en el tiempo y en el espacio, nos da un pasado, y es la promesa de un futuro cuando las fantasías e ideales, tanto nuestros como de nuestros padres, se podrían cumplir.

Por lo común son los padres quienes nos otorgan el nombre. Puede ser que lo hagan pensando en alguien que ha sido importante en su vida, sus mismos padres, sus tíos, sus abuelos, o por cómo suena, y por lo general lo hacen pensando en lo que les gustaría que su hijo pudiera lograr, la carrera que pudiese estudiar, los logros que ojalá tuviese, y cómo, llevando el nombre de aquel ser querido en el que han pensado, pudiera el hijo emular y hacer honor a quien ha brindado alguna ilusión o meta en la vida. O sea que, aunque no lo sepan, los padres toman en cuenta su propia historia cuando eligen el nombre que su hijo o hija llevará por el resto de su vida. Así, la historia de los padres le da un pasado al hijo en el acto mismo de nombrarlo, aunque el hijo acabe de nacer. Es una historia que se transmite en el nombre propio, y que funciona como un marco histórico dentro del cual el hijo viene a poder ser aquello que evoca en el deseo de sus padres.

Esto no implica que, necesariamente, nos guste nuestro nombre todo el tiempo, muchas veces esté remite a situaciones desagradables o por cómo suena, o por la terminación -que hace que rime con palabras que nos avergüenzan o nos pongan en ridículo-, o porque su traducción, su significación, denota palabras altisonantes y hace objeto de burla a quien lo detenta. Pero por más altisonante, ridículo o desagradable que suene, sabemos que el nombre propio ha sido elegido con todo el afecto de nuestros padres. Si nos olvidamos de que los nombres no son puestos a la ligera, llega el peso por ese nombre, por los padres y la historia que hubieran querido que nos contáramos.

En ocasiones, nos llamamos como el padre, o igual que la madre, o cómo algún personaje famoso, con lo cual pareciera que perdemos la identidad e individualidad que el nombre, en tanto palabra, provee. También sucede que, llevando el nombre de algún otro en particular, se esperaría  que hiciéramos lo mismo que aquel que originariamente llevaba el nombre. Pero justo lo importante es que podamos, con cómo nos llamamos, encontrar nuestro lugar en el mundo -si se puede escribir así-, llegando a conformar una identidad propia en el nombre; es en la firma en donde, por más que dos personas se llamen igual, se notará la diferencia en el trazo. Un estilo que nos identifique por la diferencia, y no por lo igual. Así es como, llevando el nombre que nos ha sido dado, por la historia en el marco con la cual nos han arropado, podremos descubrir la diferencia que hacemos; haciendo de lo que nos es más impropio, propio: el nombre.

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